Hola de nuevo! Han pasado muchos días sin escribir, lo sé, pero ahora hay un pequeño vikingo en mi vida que por el momento lo eclipsa todo; mi tiempo, mi cabeza y mi corazón.

Antes de dar a luz a Gael, muchas me habíais pedido que escribiera un post sobre el parto; de hecho yo misma ya tenía en mente poder explicároslo. He de confesar que me ha costado el ponerme sentar y recordar, además de la falta de tiempo, me “dolía” escribir sobre él. Además, tengo un recuerdo vago de esos días, como si no hubieran formado parte de mi vida. Pero aquí estoy, lista para desnudar mi alma ante vosotras y contaros cómo fue Mi renacer.

El trabajo de parto empezó la madrugada del día 2 de marzo, empecé a sentir pequeñas contracciones, seguidas, aunque no regulares, pero tenía un pequeño sangrado, así que fuimos directas al hospital. Allí me confirmaron que la cosa estaba empezando, pero de momento sólo estaba dilatada de 1cm, así que mejor fuera para casa y me diera un bañito, y volviera cuando llevara 2 horas con contracciones regulares cada 5 minutos.

Nada más entrar por la puerta de casa, las contracciones (u olas uterinas, como aprendí a llamarlas gracias al libro de Hipnoparto) empezaron a ser regulares. Me metí en la bañera, para ver si se paraban…pero nada, seguían cada 5 minutos… Qué alegría! El momento de conocer a mi hijo se acercaba, era real, en unas horitas lo tendría entre mis brazos😍 No estaba nada nerviosa, sólo sentía alegría y felicidad. Pasamos toda la noche haciendo los ejercicios que había aprendido para dilatar, pelota arriba, pelota abajo, masajito, infusión de frambueso…y por fin a las 7:00 h del domingo,volvimos al hospital.

El trabajo iba viento en popa; estaba de 4 centímetros, la cosa iba en serio…así que me propusieron ingresar y acepté. Me dieron la opción de seguir dilatando en la habitación y me facilitaron una pelota. Allí seguimos todo el día: con la música, las respiraciones, visualizando la llegada de Gael y empoderándome en cada ola uterina para recibirlo con fuerza y amor.

Pasadas unas horas, me volvieron a mirar, la bañera del hospital estaba libre, y como la había pedido en mi plan de parto, me proponían el poder usarla. Genial! Me apetecía mucho, puesto que ya me había dado como 4 duchas en el hospital, ya que en el agua era donde más alivio sentía.

Mmm…seguía de 4 cm, así que no podía entrar en la piscina, porque se podía parar el trabajo de parto😓. Y según pasaban las horas, las olas iban siendo más intensas, y yo las iba surfeando con la ayuda de Mireia y de todo lo integrado. Pasadas las 21:00h nos dieron el alta, ya que después de todo el día aún seguía estando de 4 cm.

Cuando llegamos a casa, todo se intensificó, las olas uterinas llegaron a un punto muy intenso, me costaba mucho soportarlas, y aunque intentaba centrarme en las visualizaciones, en las respiraciones…, cada vez me era más complicado.

Llevaba muchas horas sin dormir, sintiendo las olas de manera rítmica, y me estaba empezando a impacientar. Volvía a la ducha para aliviar la intensidad, pero en cuanto salía, volvían los pinchazos cada vez más potentes…(luego supe, que mi endometriosis y mi operación de hace un año, en la que me cortaron un trozo de intestino, afectaban a que todo el proceso fuera más “doloroso”).

Pasé toda la noche de la ducha al salón, a la cama…, probando mil posturas, pero ya no podía más, me desmoroné, me rendí…Yo quería un parto natural, pero sentía que no podía aguantar más, que todo se me estaba viniendo encima y que debía estar fuerte para todo lo que venía después del parto.

Me costó a aceptarlo, pero decidí que mi hijo no se merecía que lo recibiera cansada y dolorida, y que podía aliviar la intensidad de las olas uterinas y disfrutar de lo que quedaba de parto.

Cuando al amanecer volvimos al hospital (lunes 7:00), me confirmaron que seguía de 4 cm, después de 24 horas, no me lo podía creer. Pedí la epidural, y a partir de ahí se desencadenó todo lo demás…

Mi suerte fue tener a mi lado a la mejor compañera; además de una comadrona y un comadrón que me respetaron en todo momento, que me lo pusieron súper fácil y que hicieron todo lo posible porque mi parto fuera lo más parecido a lo que yo había deseado. Me pusieron una dosis muy suave de peridural, así que pude seguir dilatando en la pelota y caminar; pude descansar un rato antes de que llegara el momento final.

Los 10 cm llegaron rápido, y justo cuando empezaba el momento del pujo, a Gael se le bajaron las pulsaciones 😲 debía concentrarme y pujar fuerte y rápido…y eso hice, pujé con todas las fuerzas que tenía y en 5 pujos Gael ya casi estaba fuera de mí. Pero su cabeza no acababa de colocarse, así que como había prisa por sacarlo, acabaron ayudándole con los fórceps. Y nada más llegar al mundo, nos separaron 5 minutos.

Yo no me enteré de nada de lo que había pasado hasta que nos quedamos las 3 solas, y Mireia me explicó entre lágrimas. Durante los pujos, yo había cerrado los ojos y estaba tan concentrada en ayudar a mi hijo a salir, que no me di cuenta de cómo la sala de partos se llenaba de gente, ni de cómo mi hijo salía al mundo casi morado por la falta de oxígeno…

Cuando lo tuve entre mis brazos no podía parar de llorar…de alegría, de emoción y de alivio. Supe que en el momento que mi hijo nacía, yo renacía con él ; renacía en muchos aspectos, puesto que a partir de ese momento yo no volvería ser la misma que había sido hasta ese preciso instante 😍

Desde el día en que renací, no he vuelto a ser la misma; de hecho tengo más ojeras y estoy más cansada que antes; a penas tengo tiempo para peinarme, vestirme…pero extrañamente, esa falta de sueño y de tiempo, han hecho que me sienta con una fuerza descomunal capaz de soportarlo todo. Además, he notado que mi corazón ha crecido de una manera desorbitaba, y ahora alberga un amor indescriptible hacia mi hijo, y hacia el resto de personas que me rodean.

Gracias Gael, por traer contigo una nueva yo ❤

Amanda